SE-ACABOPocos días después de mudarnos a un nuevo vecindario conocimos a Juan Carlos y a su esposa Jéssica, vivíamos sobre la misma cuadra, nuestras casas estaban separadas por unos cuantos metros. Tenían una preciosa casa, formaban una encantadora familia y Juan Carlos estaba en su etapa más productiva como agente comercial.

Con frecuencia compartíamos socialmente, era común tener entre ambas familias cenas, veladas con divertidas e interesantes conversaciones. Precisamente en algunas de esas ocasiones, conversé con Juan Carlos sobre su programa de seguro de vida, pero rápidamente comprendí que sencillamente, un seguro de vida no estaba entre su lista de prioridades.

Su razonamiento ya me lo había repetido en varias ocasiones: “Rafael, un testamento o un seguro de vida es para gente vieja. Lo haré cuando llegue el momento, ahora puedo ganar mucho dinero”. Recuerdo que le sugerí que no comprara, sino que transfiriera activos al seguro, de manera que por lo menos una parte de su patrimonio pasara a su familia.

Pero los intentos de convencer a Juan Carlos para que adquiriera un seguro de vida, fueron infructuosos, él estaba convencido de que no lo necesitaba y que le faltaban muchos años para requerirlo.

Tengo muy presente que un sábado por la mañana Juan Carlos me hizo una excelente propuesta: “Rafael si nos invitas a cenar, yo compro las entradas para que junto a nuestras esposas vayamos al concierto de Pablo Milanés”. Y así fue, la pasamos fenomenal, disfrutamos de la grata compañía de amigos maravillosos con los que es fácil sentirse cómodo y querido.

Así como tengo presente los buenos momentos, lamentablemente tengo también los trágicos y no olvido la llamada de un lunes en la mañana: era la voz de Jéssica, la esposa de Juan Carlos, quien entre sollozos y desesperación me comunicaba que Juan Carlos estaba muerto, sí así sin protocolo, ni aviso alguno, había fallecido en plena calle, en Guanacaste donde había ido a atender unos negocios. Con 43 años Juan Carlos había fallecido.

Quedé mudo, sin saber que decir y paralizado del horror que esta noticia me causó. Cuando al fin pudo incorporarme, corrí al lado de esta familia que tan mal la estaba pasando y cayendo en una cruda realidad: Lo que era, ya no podía ser más!!!

Había muchos amigos y familiares junto a Jéssica, un constante ir y venir de gente, pero yo sabía que esta mujer no se daba cuenta de eso, su mente estaba en blanco, con un inmenso dolor en su corazón, recuerdo ver a su hijita Paula de apenas 3 años de edad, sentada pintando un libro de colorear, y de pronto le preguntó a su madre: “Mami, cuándo acaba la fiesta?”

Han pasado 12 años y hoy esas palabras: “Cuándo acaba la fiesta?” tienen un gran significado para mí, salieron de la boca de una niñita que vivía una pérdida terrible, pero que era totalmente desconocida para ella.

Pero yo sí sabía, que la fiesta había terminado, yo entendía que los tres carros en el garaje ya no podían permanecer ahí y que un negocio de dos millones de dólares ($2.000.000) construidos alrededor de la poderosa personalidad de un excelente ser humano, había terminado.

Siempre que hablo con personas, dentro y fuera de mi negocio, cuando converso con hombres jóvenes sobre nuestro negocio, sostengo que por medio de la pequeña Paula reafirmo todos los días en inmenso valor y mi convicción de lo significa tener un seguro de vida.

Y es que siempre pregunto: ¿ No tiene valor incalculable estar en un negocio que garantiza que la fiesta nunca se acabará?